Continúo sumergida en el otoño como en un lago oleaginoso e inmóvil. Siento tentaciones de quedarme adormilada y quieta a la espera del invierno, de la primavera, del transcurso del tiempo, pero ya no es posible. En un medio denso como este, la realidad pegajosa se te abraza al cuerpo y pesa como el recuerdo de un mal sueño. Cada metro ganado a la atracción del fondo cuesta un mundo cuando se nada en aguas pesadas pero el premio es impagable, porque con cada brazada hacia adelante se van desprendiendo lentamente y una a una las capas de la piel muerta y con ellas la carga del simulacro en que acabamos convirtiendo la propia vida hasta llegar a la escueta esencia de uno mismo.En mi caso es inútil. Donde debía estar la esencia de mí misma, en su incontestable y desnuda evidencia, no hay nada.'Qué raro, tú busca que tiene que estar por ahí'- dice mi gata, que afirma tener perfectamente asumida su esencia de gata como gata que es.Pero esta que suscribe es existencialista irredenta y encuentra esencias en pocos sitios. Las hay en las sábanas que envuelven el amor dormido, las hay en los abrazos de los amigos y en las palabras de las mentes lúcidas. También las hay en los sahumerios que algunas brujas preparamos contra el mal de invierno y contra el mal de amores. La tele dice que las hay en algunos frascos de perfume muy caros, pero estoy segura de que es mera propaganda navideña.
Lo que sé a ciencia cierta es que bajo mis capas de piel muerta no hay esencia última, no hay una verdad inmutable y con mayúsculas que lo explique todo y me dé una vida feliz de ahora en adelante, tampoco un tesoro ignoto por descubrir de esos que te cambian la vida como el euromillón o te llevan a Hollywood como a Pe.
Se da el caso de que algunos existencialistas somos gente contradictoria y no podemos evitar continuar la búsqueda de algún tipo de arcano conductor que lo vertebre todo y dote la vida de instantáneo y trascendental significado, un cabo perdido del hilo de Ariadna que atraviese subterráneo el laberinto de la existencia. Algún dios cotidiano, un código secreto por descifrar, algo que se nos pasó por alto. Todo por vagos, por ahorrarnos el trabajo de hacerlo nosotros mismos. O quizá por cobardes y apocados, porque no acabamos de creernos que podemos hacerlo nosotros mismos, que el sentido ha de ser construido por nosotros o no ser. que nuestro sentido no es un sucedáneo de segunda de El Sentido, sino que es el único posible, así, con minúscula.
Seguir nadando es despegarme el moho de la circunstancia, crear el movimiento que deja atrás la piel inerte, la ropa inútil, los objetos que me ocupan las manos y me distraen de los abrazos. Seguir nadando hasta no pesar, diluirme o salir volando.




