
- 'Mi mujer es la mejor cocinera del mundo' - decía siempre Manuel.
- 'Es cierto' - asentía un amigo.
- '¡La mejor, sin duda!' - asentía otro.
- 'Es cierto' - asentía un amigo.
- '¡La mejor, sin duda!' - asentía otro.
- 'Mi mujer hace la mejor pepitoria que existe, no tiene comparación con nada. Y el caldero de arroz... ¡nunca se ha probado nada igual! Y cómo guisa la caza, lo que le traigas del monte lo convierte en un manjar. Faisanes, liebres, perdices, codornices... y no hablemos del choto o del cerdo, de las carrilladas al rabo, no hay cocinera en el mundo entero que le saque al animal más jugo que ella. ¿Y qué me decís del cocido de mi mujer?'
- '¡El mejor que hemos probado jamás, Manuel!'
- 'Si es que no hace falta ni que guise. ¿Cuándo habéis visto unos huevos fritos como los de mi mujer, que parecen bordados con puntillas fritas?'
Manuel se sentaba a la mesa cada día como quien entra en el paraíso con los ojos vendados y de la mano de su señora, con el ánimo dispuesto a recibir un día más la iluminación divina por la boca. Antonia colocaba la fuente en el centro de la mesa y servía en primer lugar el plato de su marido, sentado en la cabecera. Luego terminaba de servir a los amigos y familiares que solían acudir al olor de su cocina mientras Manuel repetía invariablemente el mismo rito. Primero alababa el aspecto y olor del condumio y lo publicitaba ante el respetable. 'Ved qué maravilla de... por ejemplo, faisanes, así mismo es como huele la gloria. ¡Mi Antonia es el Miguel Ángel de los fogones!' Al primer bocado caía en una especie de trance del que regresaba al momento con la expresión de quien ha vislumbrado el absoluto. Tomaba la mano de su mujer, sentada a su derecha, y la miraba rendido a la evidencia de que se trataba de un ser de otro mundo más evolucionado, capaz de transformar la piedra filosofal en croquetas de jamón serrano. 'Vida mía, este es el mejor (póngase aquí el menú del día, por ejemplo, conejo al pimentón) que nadie ha probado jamás. Esta es la materia de la que está hecho el Universo'.
Tras más de sesenta años juntos, las manos de Antonia se habían vuelto nudosas y retorcidas como varitas de avellano, lo que en ocasiones no le impedía quitarme de las mías la cuchara de madera y acercarse a la borboteante cazuela de barro. 'Deja, niña, que yo sé cómo le gusta a él'. Octogenaria, pequeña y encorvada sobre los fogones, aún era capaz de convertir una humilde palometa con tomate en alta cocina ibérica.
Para entonces, Manuel había recuperado la sonrisa inocente de la infancia y un estremecimiento asombrado ante la vida le agitaba incesantemente las manos. Ella le desespinaba con mimo el pescado como había hecho antaño con sus tres hijas y le presentaba el plato limpio de cuidado y desperdicio. Él tomaba un tenedor tembloroso, probaba el primer bocado y volvía como antes a internarse en sí por un momento para tomarle luego la mano y mirarla a los ojos sonriendo como un crío. Ya no decía nada, supongo que no era necesario.
La primera noche que Antonia pasó en el hospital del que ya no volvería, Manuel se sentó torpemente a la mesa como cada día. Le acerqué el plato temerosa de no haber conseguido el correcto punto de sal, la textura perfecta de la maestra. Él notó mi inseguridad, probó el pescado y me tomó la mano sonriendo muy dulcemente. 'No te preocupes, niña, lo que me traigas me parecerá bien. Jamás he tenido paladar'.
Ageusia se llamaba su desgracia. Antonia su vida.
10.12.2008
*****************************
Me voy unos días de vacaciones. Portaos bien y alimentaos como es debido y os merecéis. Besossss...




